Ante la más que conocida necesidad de liquidez del sistema financiero español, las entidades se lanzaron durante el 2009, y continúan en 2010, a la comercialización indiscriminada de toda una amplia gama de productos de inversión, fruto de la ingeniería financiera, la mayoría de ellos de alto riesgo, con el objetivo de obtener la ansiada liquidez, como siempre, a costa del ahorro de los consumidores. Entre la gran variedad de productos comercializados destacan los productos estructurados, instrumentos financieros cuya rentabilidad depende de cómo se comporten determinados índices o valores a los que estén referenciados (subyacente): índices bursátiles, acciones o cestas de acciones, tipos de interés, etc.

Lo más grave de esta comercialización de productos de riesgo es que se han colocado, en muchos casos, entre clientes que no tienen el perfil adecuado para su adquisición. La última reforma de la Ley del Mercado de Valores (Ley 47/2007), por todos conocida como normativa MiFID, obliga a todas las entidades que ofrecen servicios de inversión a realizar un test y recabar información de sus clientes, para averiguar si un producto es adecuado o no para éste, dependiendo de aspectos como su conocimiento de los mercados financieros, situación patrimonial y personal, experiencia en la contratación, etc. Pero las entidades han hecho caso omiso a esta normativa, comercializando este tipo de productos a clientes minoristas sin experiencia ni conocimientos adecuados, vendiéndolo en muchos casos como productos sin riesgo o depósitos a plazo fijo.

 Principales riesgos de un producto estructurado para el consumidor 

En primer lugar el hecho de que un porcentaje de la inversión que puede parecer pequeño (por ejemplo el 20%) invertido en renta variable o de riesgo puede producir pérdidas de hasta un 20%. Por lo tanto esto convierte a toda la inversión (al 100%) en una inversión de riesgo.

En segundo lugar un producto estructurado está “fabricado” por una entidad que lo emite. En el caso de los depósitos estructurados suelen ser emitidos por el mismo banco o caja que lo comercializa al consumidor, pero en el caso de Bonos y Notas estructuradas estas son emitidas por entidades de las que el consumidor no sabe nada.

Claro y reciente ejemplo tenemos en el caso de Lehman Brothers, que tiene atrapado el ahorro de miles de consumidores españoles, en una cuantía que está entre 1.300 y 2.600 millones de euros en productos estructurados. Las entidades comercializaron bonos y notas estructuradas garantizadas por el banco de inversión americano, éste llegó a la quiebra, y los titulares de esos productos han visto como la valoración de sus cuentas se encuentra bajo mínimos, y además no pueden rescatar su dinero, ya que tienen que esperar el proceso de liquidación de la empresa, a la espera del reparto y poder rescatar algo de lo que invirtieron.

El riesgo de estos bonos estructurados no solo existe en la solvencia del emisor, también en la del depositario, sirva de ejemplo la quiebra del Banco Socimer en Bahamas donde se depositaban los bonos comercializados por la agencia de valores española AVA, que también dió al traste con la inversión de decenas de miles de usuarios españoles. Y en ocasiones hasta los estados nacionales emisores de deuda publica (como ocurrió con la crísis de Argentina) han llegado a situaciones de insolvencia que han pagado los consumidores.

 Por lo tanto, al margen de las condiciones de un producto estructurado, es básico conocer quién emite realmente el producto (que puede no tener nada que ver con el cercano banco o caja que nos lo vende) y dónde está depositado.

El tercer riesgo para el consumidor es el de la liquidez de estos productos, ya que no cotizan en mercados oficiales, y el rescate anticipado de la inversión va a depender de las condiciones prefijadas de vencimiento en la inversión o de que la entidad que lo comercializa quiera recomprarnos la inversión, y sólo lo hará en caso de que esta vaya bien.

Productos estructurados, para expertos o para incautos 

Los productos estructurados no son nuevos en el mercado financiero español, basta mirar la página web de bankinter para ver una docena de bonos estructurados ofrecidos al consumidor, y todas las entidades financieras comercializan los llamados depósitos estructurados.

Estos productos son confusos, tienen un periodo limitado de contratación, y la gran oferta existente provoca que en ocasiones hasta se repitan las denominaciones con otros productos con los que no guardan ninguna relación. Por ejemplo el depósito estructurado de Bankinter Top 5 garantizado repite la denominación del Fondo Garantizado de BBVA Top 5 garantizado. Un mismo nombre para dos productos totalmente distintos.

Si el consumidor trata con un profesional de banca en un marco no comercial (Y para los profesionales de la banca casi todos los ambientes son propicios para vender), este le dirá que él mismo no invertiría en estos productos estructurados por un motivo muy sencillo: en estos productos se limita el beneficio pero no las pérdidas. Si se ha de correr riesgos y se puede perder, al menos que el riesgo sirva para ganar sin limites.

Por ejemplo si tomamos el caso del Bono Cesta de acciones 80/20 de Banif, ofrece un 4% fijo para el 80% de la inversión (la mayoría de los depósitos a plazo normales ofrecen actualmente un 3%), y para el 20% ofrece un 5% anual o la peor revalorización de 5 acciones, debemos mantener la inversión 3 años y nos permite cancelar únicamente al final del primer y segundo año.

 Sería más interesante que nosotros mismos invertamos un 80% de nuestra inversión en un depósito normal (3%), y con el 20% restante compremos acciones de aquel de los 5 valores que nos ofrecen que mas nos guste, lo peor que puede pasar es que elijamos justamente el que menos se va a revalorizar que es lo mismo que nos están ofreciendo. 

Ciertamente, en el Bono cesta de acciones se cubre la depreciación de estos valores en tanto no llegue al 40% en tres años, pero si la inversión la hace el propio consumidor en Bolsa puede vender sus acciones en el momento que quiera, no está sometido a los plazos del banco.

Por este motivo, si el consumidor tiene una formación suficiente en los mercados financieros, la recomendación clara es que se “fabrique” el mismo sus productos estructurados. Sin duda conocerá mejor el destino de su inversión y los riesgos que asume.

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